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31 de julio de 2011

Diane Van Deren sabe lo que es sufrir



Diane Van Deren  vive en el sur de Denver, a los pies de las montañas Rocosas.  Y para decirlo ya desde el principio:  es una de las mejores ultra-maratonistas (ultra-runner) del mundo.

Ateniéndonos a la definición, un ultramaratón o ultra-trail es cualquier carrera que supera la distancia maratón (42.195 m).  Aunque todos sabemos que en la práctica equivale a correr distancias mucho mayores, de forma continuada, a veces durante las 24 horas del día, sin apenas dormir....  Las favoritas de Diane son a partir de los 160 km (100 millas).

Pero esto es así desde hace relativamente poco.  En realidad, esta atalanta había dedicado su juventud y su trayectoria deportiva al tenis profesional, con el que se ganaba la vida hasta que lo abandonó para ser madre y formar una familia numerosa.  No fue sino hasta mucho más tarde que sufrió una reconversión vital que ha hecho de ella la atleta extraordinaria que es desde hace unos años hasta hoy, en que cuenta ya con 51 años de edad.

Viajemos atrás en el tiempo.  Año 1988.  Con 28 años, Diane está casada, tiene dos hijos y está embarazada del tercero.  Un día, viajando en el coche con su madre, algo raro le sucedió.  Breve.  Rápido.  Como un rayo.  El primero de muchos que vendrían después.  Sólo recuerda despertar en un hospital, confundida, sin saber cómo ni por qué había llegado allí.  El Dr. Mark Spitz (personaje clave en la desarrollo posterior de la evolución de Diane), neurocirujano y profesor de neurología en la Universidad de Colorado, ordena que le hagan unas pruebas de resonancia magnética por las que le diagnostican finalmente  epilepsia.

Epilepsia, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿de dónde?  Resulta que siendo apenas un bebé, Diane sufrió un episodio muy grave de fiebres altas, acompañadas de temblores y convulsiones durante casi una hora.  Seguramente estas convulsiones le produjeron daños cerebrales de los que Diane no fue consciente hasta que, más de dos décadas después, las convulsiones se repitieron.

Los ataques epilépticos fueron ocurriendo cada vez con más frecuencia y Diane fue aprendiendo a reconocer ciertas señales que le avisaban que pronto iba a desatarse la crisis que la convertía en una muñeca de trapo agitada por la mano invisible de una deidad caprichosa.  Estas sensaciones (cierta torpeza, sensación de ingravidez, por ejemplo) son relativamente frecuentes entre quienes sufren de epilepsia y migraña.   Se les conoce como auras y aprender a reconocerlas puede significar contar con un par de minutos de ventaja en los que prepararse para el ataque y evitar caídas o accidentes mayores.

Ni los cambios en su alimentación ni los medicamentos más revolucionarios libraban a Diane de su mal.  Un día, tras un aura,  le dio por salir a correr por las montañas.  Y descubrió que en ellas se sentía relajada.  Los latidos de su corazón (descontrolados justo antes de las convulsiones) parecían encontrar paz...  Y lo mejor:  ¡el inminente ataque no se producía!  A partir de entonces las zapatillas  estarían junto a la puerta y si presentía las convulsiones, lo abandonaba todo por correr cerca de casa, en el Pike National Forest de las montañas Rocosas.  Había nacido el amor por correr...

Siguiendo esta estrategia, Diane evitó sufrir ataques de epilepsia durante casi diez años.  En ese tiempo, su fondo como corredora se iba incrementando.   Al principio corría durante un par de horas.  Luego tres, cinco, seis ...  ¡Funcionaba!  Cada kilómetro la alejaba de las convulsiones del pasado.  Pero finalmente la alcanzaron.  Y con furia desatada.  Entre tres y cinco ataques por semana, ahora sin previo aviso y por lo tanto sin tiempo siquiera a ponerse las zapatillas salvadoras.  De un segundo a otro, Diane ya no era Diane...  

Su enfermedad había condicionado algunas rutinas en casa.  Por ejemplo, en cuanto pudieron alcanzar los pedales del coche, sus hijos aprendieron a conducir, por si acaso Diane sufriera alguna crisis frente al volante.  El momento del baño era especialmente vigilado porque no se produjeran resbalones mortales en caso de un desvanecimiento.  Sí.  Diane debía temer seriamente por su vida. 

Por eso que cuando los médicos le propusieron una operación quirúrgica que podría mejorar su condición, Van Verden no se lo pensó dos veces.  Si los ataques provenían de una parte deteriorada concreta del cerebro, retirar esa parte podría ser la solución.  Había, pues, que determinar qué parte era esa.  Esto requería ir al hospital y tener un ataque de epilepsia frente al equipo médico liderado por el Dr. Spitz.  

Le pegaron 64 electrodos en su cuero cabelludo, de los cuales salían cables que llegaban hasta  una máquina de EEG (electroencefalograma) que medirían la actividad eléctrica de su cerebro.  Además, una cámara la filmaba las 24 horas del día.  Las imágenes grabadas muestran a Diane agitándose, agarrotada en mitad de un ataque.  Incluso se puede oír crujir la estructura de la cama.  Diane se muerde la lengua con tanta fuerza que la sangre que brota forma un charco de sangre  con el que se atraganta.  Unas imágenes horribles...  Tras verse, Diane lo tenía claro.  ¡A por ello!

Gracias a estas pruebas pudieron averiguar que los ataques provenían de una región pequeña y puntual, en la parte posterior del lóbulo temporal derecho,
una zona del cerebro relacionada con la memoria a corto plazo y la orientación espacial y temporal.

Le abrirían el cráneo con una sierra, dejando su cerebro expuesto para quitar el trozo afectado.  Ante este panorama, a un paciente se le ocurren mil dudas y preguntas.  El equipo médico sólo se plantea una:  ¿cuánto quitar?  Tendría que ser lo suficiente para curar pero teniendo en cuenta que mientras mayor fuera la extracción, los efectos secundarios entrañarían más complejidad y peligro.  Finalmente, se decidió retirar una masa cerebral del tamaño de un kiwi.  Resultado:   Diane no ha vuelto a tener ataques de epilepsia hasta la actualidad.

Una vez operada y tras un año sin convulsiones, un impulso la lleva a inscribirse en una carrera de 80 km (50 millas).  Y, adivinad qué:  ¡la gana!  A esa le sigue otra de 160 km (100 millas) en las montañas Big Horn (2003) en la que quedó sexta.  Sin embargo…

…Algo había cambiado.  De pronto empezó a olvidar recoger a los niños del colegio, citas, caras de personas y conversaciones recientes:  pérdidas de memoria a corto plazo. 

Mientras tanto:
1ª absoluta en las 50 millas (80 km) Alfred Packer (2004), 
2ª absoluta femenina en las 100 millas (160 km) de Bear Trail (2005), 
7ª femenina absoluta en el UTMB  (2004),
1ª absoluta en las 100 millas de Tahoe Rim, 
1ª absoluta en las 24 horas de Frisco Trail Run,
1ª mujer en las 50 millas (80 km) de Dances with the dirt,  en Hell (lit. Infierno), Michigan,
1ª mujer en la Canadian Death Race, carrera de 78 millas (125 km) en la provincia de Alberta (Canadá),
por mencionar sólo unas cuantas. 

Por si esto fuera poco: 
en 2008, en las 300 millas (más de 480 km) del Yukon Arctic Ultra corre con  44 ºC bajo cero y arrastrando un trineo con su avituallamiento.  En prueba de dureza extrema en la que en diez días, apenas durmió diez horas en total.  Sólo dos personas la acabaron:  una de ellas, nuestra Diane.  

Y por increíble que parezca, Diane Van Deren es incapaz de orientarse en espacios abiertos.  Como consecuencia de la extracción de ese trozo de cerebro, los mapas sólo son un montón de líneas de colores sin orden ni concierto.  Por eso suele llevar una cinta rosa en sus carreras; cuando no está segura de qué camino elegir, ata la cinta al inicio de un camino elegido al azar  y continúa por él.  Si pasado un tiempo presiente que se ha equivocado, vuelve sobre sus pasos hasta hallar la cinta y lo intenta por otro distinto.  Esto le sucedió en la Yukon Arctic Ultra, donde estuvo perdida durante dos horas, sola, en mitad de fuertes rachas de viento.  Y aún así ganó.

Además de su desorientación espacial, como consecuencia de la operación Diane no nota pasar el tiempo.  Su cerebro tampoco procesa referencias temporales y no guarda una información consciente de las horas o días que lleva participando en una carrera ultra.  Van Deren vive el momento.  Y corre.  Sus pies obedecen ciegamente el ritmo que se marca mentalmente.  Respiración y ritmo.  No necesita nada más.  Oír eso es su música, su flow.

En la actualidad, Diane ocupa su tiempo impartiendo charlas de motivación para la Epilepsy Foundation of America, the National Brain Injury Employment Conference y otras organizaciones.

Esto que hemos contado aquí y más, lo relata la propia Diane Van Deren en una maravillosa entrevista para el programa de la radio pública neoyorkina Radio Lab.  El audio está en inglés y recomendamos vivamente su audición.  Diane no sólo tiene una voz preciosa, sino que sabe comunicar como pocas.


22 de junio de 2011

Cómo atarse las zapatillas

Atarte los zapatos,  aprender a montar en bicicleta y caérsete el primer diente de leche...  He ahí algunos de los hechos que marcaron la infancia de muchos de los niños que hoy somos adultos.  Seguramente no recuerdes la fecha, pero el momento habrá sido inolvidable, para orgullo tuyo y de tus padres.  Tal vez para las generaciones actuales sea distinto, pero me atrevería a afirmar que para casi cualquiera que lea estas líneas, el día que aprendió a atarse los cordones fue un día grande.  Corrijo:  fue un Día Grande.

Poco importa si te bastó con cinco minutos de lección o si te costó semanas aprender a hacerte con el lazo, lo más probable es que a estas alturas ya tengas controlada la técnica y que incluso hayas traspasado ese conocimiento fundamental a nuevas hornadas de inquietos corredores.  Porque, sí, los cordones y su clásico lazo siguen con nosotros, a pesar del velcro y de otros  sistemas innovadores de atado rápido.

Cada vez que sales a correr te atas las zapatillas.  Es un paso que no te puedes saltar; es mecánico, lo puedes hacer incluso con los ojos cerrados.  Aunque luego a la vuelta te quites las zapatillas de cualquier forma y sin usar las manos, al menos es seguro que te las atarás antes de dar la primera de tus zancadas voladoras.  Pero ¿de qué manera?

En las prestigiosas y muy divulgadas charlas de TED, allá por el 2005 Terry Moore (director de Radius Foundation) inauguraba la primera serie de conferencias cortas que tan populares se han hecho a partir de entonces (el formato original son charlas de entre media hora y sesenta minutos de duración).  ¿El tema en esa ocasión?  Cómo atarse los zapatos  (!!).  En tres minutos se mete al público de la sala en el bolsillo relatando cómo aprendió a modificar el lazo de sus cordones en un momento dado de su vida adulta y haciendo una demostración en vivo de su reaprendida destreza.



Quizá aprendas algo nuevo, algo curioso, algo estimulante...  Tal vez tu vida mejore enormemente al cambiar el sentido que le das a las cosas más simples de tu día a día.  Considera si hay una forma mejor de hacer las cosas, la forma fuerte o débil, como las llama Moore.   No tienes por qué conformarte con realizarlas como te dijeron o porque siempre se hayan hecho así.  Sé receptiva a las nuevas ideas siempre que éstas parezcan sensatas e inteligentes, apartando tus prejuicios y complejos.  No dejes nunca de aprender y si puedes, compártelo con otros. 


Más:

23 de enero de 2011

Entrenar (y disfrutar) cuando hace frío

Para muchas, correr en invierno requiere una dosis extra de motivación y disciplina, sobre todo si se tiene por costumbre entrenar en solitario. El descenso de temperaturas y la disminución de horas de luz son elementos disuasorios capaces de doblegar la voluntad más firme. Pero una atalanta no es una especie que hiberne. Con un cambio de estrategia y los elementos adecuados es posible que convertir los meses de frío en la época de conseguir tu mejor forma física. 


Correr cuando hace frío es seguro y divertido. 
¿Necesitas motivación?

Piensa que:
*Siempre hace menos frío corriendo del que parece.
*El deporte activará de inmediato las endorfinas en tu cerebro para erradicar la apatía tan común en esta época.
*Para las personas que durante el resto del año padecen de alergias al polen, entrenar ahora supone un verdadero alivio a su malestar.
*¿Quién dijo que la operación bikini empieza en verano? Para julio puede que ya sea demasiado tarde…

Además, la preparación de una corredora no consiste siempre en hacer rodajes. Hay rutinas complementarias que le sentarán de maravilla a tu plan de entrenamiento. Es el momento idóneo de acudir al gimnasio y fortalecer tu musculatura con sesiones de máquinas y pesas, practicar bicicleta de interior o spinning o hacer sesiones de abdominales y gimnasia con un poco más de rigor. Jugando bien estas cartas, podrás presumir de unos brazos más tonificados y una musculatura de piernas más trabajada y preparada para afrontar entrenamientos más intensos los meses en que las mallas y tops se recortan.



Qué ponerte


Como en casi todo, la clave para disfrutar está adaptarse a las circunstancias y proveerse de los elementos necesarios para minimizar cualquier malestar. Cuando hace frío vestirse en capas es lo más efectivo. Hoy en día contamos con tejidos que además de ligeros, nos mantienen secas y abrigadas mientras estamos en movimiento.

La primera capa, es decir, la más pegada al nuestro cuerpo, es la más importante. De mangas largas o cortas, debe ser fina y de un material técnico que garantice la expulsión del sudor. Olvídate del algodón en estos casos, pues retiene la humedad y hará que te enfríes rápidamente.

La capa exterior será un cortavientos ligero, que a su vez sea capaz de repeler las eventuales gotas de lluvia y ligeros copos de nieve. No debe ser del todo impermeable, pues todas las prendas que llevemos deben ser transpirables. Es importante que esta prenda no sea demasiado holgada. Debe ajustarse a tu constitución física, en talle y brazos, de forma que no haga “efecto cometa” cuando sople el viento con más fuerza. Una cremallera frontal facilita regular si lo queremos más abierto o cerrado, según nuestras sensaciones, así como poder quitártelo sin detener la marcha.

Si el clima o el día son más bien secos y no se prevén precipitaciones ni viento, la capa exterior será una camiseta técnica de manga larga, en un tejido más grueso pero igualmente sintético para que te mantenga seca.

Con dos capas de ropa en la parte superior suele ser suficiente. En días excepcionalmente fríos, deberá añadirse una capa intermedia (de forro polar, por ejemplo), que nos aporte calidez adicional. Para la lluvia, un chubasquero.

Como las piernas son las que generan el movimiento, una sola capa (mallas largas) debería ser suficiente para correr a gusto. Pero existen pantalones cortavientos para llevar encima, si los crees convenientes.

 

¡No olvides los guantes! Los hay de diferentes calidades y espesores. Antes de ponértelos, aplícate en las manos una crema con un alto contenido en glicerina (Nivea, un clásico), pues puede que en algún momento quieras quitártelos y la piel debe estar protegida para no agrietarse. Quitarte los guantes en mitad de la carrera no supone ningún inconveniente:  puedes meterlos por dentro de las mallas,  o elegir un modelo con agujero pasador para colgártelos del cinturón de hidratación.

Si tus zapatillas tienen la holgura suficiente para permitirte llevar dos pares de calcetines, no dudes en hacerlo. Evita, una vez más, los fabricados en algodón; el más grueso siempre será el exterior. Hablando de calzado… Para el invierno, son mejores los modelos cuyo diseño minimice el tejido de malla en su superficie, pues son demasiado frescos y no aíslan lo suficiente del exterior.

No hace falta vestirse en exceso sabiendo elegir las prendas adecuadas. Una vez vestidas de cuerpo entero, sólo quedan por proteger cuello y cabeza. Para lo primero, una braga (un Buff, aunque no tiene porqué ser de esta marca) es lo idóneo. Es una prenda ligera, con muchos colores entre los cuales elegir y no da sensación de agobio. Te puede servir para cubrirte media cara y calentar el aire que respiras. En cuanto a la cabeza:  si piensas (y con bastante razón) que correr un gorro (de lana, de forro polar…) no es muy favorecedor, hay opciones. Existen modelos específicos para nosotras, en colores variados y con una apertura trasera que permite el paso de la coleta. Unas cálidas cintas orejeras son un buen sustituto si no quieres ocultar tu cabellera. La mayor sensación de frío las sentimos en las orejas y estas prendas son mucho más discretas. Además, ayudan que hace que se te peguen mejor los auriculares de tu mp3. 


Segura y cómoda

Si sigues las pautas arriba indicadas, puedes estar bastante segura de salir bien preparada para correr unos cuantos minutos allí fuera. Sólo se desaconseja salir en caso de tormentas eléctricas o de mucho viento, factor éste bastante peligroso, tanto en campo como en ciudad, ya que puede arrancar vallas, mobiliario urbano, ramas de los árboles o levantar tierra, con consecuencias que pueden ser bastante graves. El viento, además, anula nuestra estrategia de protección contra el frío, pues expulsa la capa de aire caliente que hemos creado entre las capas de ropa. En días desapacibles, pues, lo mejor será dedicarlos a una provechosa sesión de gimnasio. Mantente informada por la radio sobre las recomendaciones específicas para la zona en que vives.

Prepara tu piel contra el frío. A menos que lleves una balaclava, tu cara estará expuesta a los elementos. Utiliza una crema hidratante de textura densa que te ayude a retener la humedad en las capas interiores de la epidermis y a mantener la elasticidad de la capa exterior. Los labios son una zona muy delicada. Para ellos, un bálsamo labial, aplicándolo incluso en los exteriores de las comisuras de los labios y aletas de la nariz, donde la piel es tan susceptible a agrietarse. Para los días de lluvia, una máscara de pestañas resistente al agua (waterproof) será la mejor elección si no quieres prescindir de ella cuando te ejercitas. Los gloss de labios tienen por lo general propiedades hidrófugas que repelen el agua. Elígelos transparentes o sin apenas color para un look discreto.

Antes de salir por la puerta de casa, considera si será necesario que lleves algún accesorio reflectante, por si tus prendas de ropa no llevaran o fueran insuficientes. Unos simples brazaletes de material reflectante son económicos y cómodos de llevar. Llevar una luz frontal tampoco viene mal si por cualquier circunstancia se te hace algo más tarde entrenando a última hora de la tarde. Se trata de ver mejor aquellos sitios por los que transitas y que también te vean las personas y coches que circulan.

Dedica algún tiempo a calentar en interior, saltando en el sitio o trotando por el pasillo. En caso de mucho frío, incrementa el tiempo calentamiento y hazte a la idea de que ése no será el día adecuado para llevar a cabo un entrenamiento a tope.

 

Una vez fuera, evita pisar la nieve, por idílico que parezca. Recuerda que queremos evitar la humedad lo máximo posible. Y jamás, jamás, pises las capas de hielo. Es fácil imaginar lo que puede pasar….

Si el entrenamiento va a ser largo, habrá que hidratarse durante ese tiempo. Con el frío, la sensación de sed se inhibe, pero nuestro cuerpo sigue necesitando líquidos. Una vez terminada la sesión, bebe uno o dos vasos de agua para reponerte o llévate un termo con alguna infusión caliente preparada desde casa.

Para ahuyentar los temibles resfriados, evita los cambios de temperatura. No dejes pasar mucho tiempo antes de cambiarte por ropa seca, calzado incluido; si puede ser antes de los estiramientos, mejor.


Compitiendo

Es bastante usual pasar algo de frío en la línea de salida antes de que empiece la carrera. Para que tu rendimiento no se vea afectado ese día, es aconsejable que salgas desde el primer minuto con una agradable sensación corporal. Esto se consigue calentando a conciencia minutos antes o ponerte suficiente ropa de abrigo de la que puedas desprenderte a medida que avances en kilómetros. Ten en cuenta que en una competición, sobre todo si no son demasiados kilómetros (descartamos, pues los ultra trails), el esfuerzo y el ritmo que te marques dictarán mucha menos ropa que en tus entrenamientos regulars (minimal running).  No es raro, pues, observar que chicas corren con muy poca ropa, protegiéndose sobre todo, el cuello y las extremidades superiores (manguitos de atletismo o guantes).   En el caso de que decidas arrancar los primeros kilómetros con algo de ropa adicional, elige prendas fáciles de quitar y de anudar luego a la cintura, aunque la mejor alternativa es entregarla, si cabe esa posibilidad, en algún avituallamiento. En el maratón de Nueva York , por ejemplo, que tiene lugar en noviembre, los corredores acuden bien abrigados y antes de que den el pistoletazo que da inicio a la carrera, donan sus prendas depositándolas en un montón donde una organización caritativa las recoge.

Aunque sea sólo para beber unos cortos sorbos, no te saltes los avituallamientos líquidos de la carrera.

Ponte ropa seca y de abrigo lo antes que puedas una vez llegada a la meta.


Como ves, casi no hay excusas para no salir a correr. Con toda seguridad, existe un pueblo, una provincia o un país donde hace infinitamente más frío que donde vives. ¡Y allí salen a correr!

6 de diciembre de 2010

Julie Moss, al límite.

Hoy quiero contar la historia de una mujer cuyo nombre, me temo, es bastante desconocido en el mundo hispanohablante, si bien no lo es en absoluto para quienes participan en triatlones (sobre todo a partir de cierta edad) y maratones en el mundo anglosajón, sobre todo en Estados Unidos, de donde esta atalanta es originaria.  Sus inicios como atleta se produjeron de una forma que nadie, ni ella misma, hubiera podido imaginar…

Su historia (al menos la que nos interesa y que voy a relatar aquí), empieza en 1981.  Julie Moss era una chica como cualquier otra.  Bueno, para ser más precisos, era una chica pija de California, como tantas otras, que practicaba el surf desde los 14 años y en 1981 debía presentar, sin mucho empeño por su parte, un proyecto de fin de carrera.  Estudiaba Educación Física en una universidad de la localidad californiana de San Luis Obispo.  

Una tarde, holgazaneando frente al televisor, llama su atención el Ironman (en una de sus tempranas ediciones) que transmitía desde Hawaii la cadena ABC.
HAWAII...  Fue casi lo único en lo que Julie reparó.  Sabía que podría conseguir que su madre pagara el viaje y todos sus gastos si lograba convencerla de que debía ir a Hawaii para recopilar algunos datos para ese proyecto de fin de carrera.

Así que sólo le faltaba enterarse de qué era eso del triatlón.  Pudo enterarse que se trataba de nadar 2.4 millas (3.8 km), rodar en bicleta 112 millas (180 km) y finalmente correr un maratón.
Julie Moss no sólo no había corrido un maratón en su vida, sino que no tenía la más mínima idea de lo que suponía nadar esa distancia ni recorrer en bicicleta durante todos los kilómetros que exigía la prueba en la que inconscientemente se había inscrito.  Para ella, el Ironman simplemente representaba la mejor oportunidad en ese momento de ir a Hawaii.  (Estamos hablando de la década de los ’80, cuando este archipiélago de islas comenzó a despuntar como destino turístico por excelencia entre los norteamericanos).  ¿Ironman, kilómetros…?  No eran más que un concepto, un dato, apenas números.  Algo sin ningún significado en la vida real (de Julie).  Su tesis sobre las “consecuencias fisiológicas de, bla, bla, bla…” era su pasaporte a la diversión a lo grande.

**Llega el día.  Primera señal de alarma: la seriedad y responsabilidad con que se preparaba el resto de participantes.  Parecían verdaderos profesionales, ¡con accesorios que incluso iban conjuntados con el resto de su vestimenta deportiva!  Un sentimiento de “patito feo” la invadió, y puesto que no podía echarse atrás, intentaría pasar desapercibida.  “Primera y última vez”, se dijo, aun antes de empezar.

Julie nadó y pedaleó.  Y no lo hizo nada mal...  Carecía por completo de una postura aerodinámica, pero por nada del mundo dejaría que la filmaran encorvada sobre el manillar de su bicicleta.  Iba erguida y sonriente; le encantaba que la enfocaran, aunque eso supusiera arrojar al camino la barra de chocolate que estaba a punto de comerse cuando, una vez más, las cámaras la buscaban.  ¡Ni loca saldría con los morros sucios en televisión nacional!
**Tercera y última parte de la competición.  Nada más bajar de la bicicleta le advierten que sólo lleva a una chica por delante.  (Se trataba nada más y nada menos que de Kathleen McCartney, renombrada ciclista de élite).

¿¿¿Cómo rayos puede Julie estar en segundo lugar???  Sin embargo, ¡Julie estaba teniendo un rendimiento excelente!  Empieza a correr…  La mujer en primera posición sufría una lesión en el talón de Aquiles que le daría problemas en la carrera a pie.  A los 12 km del maratón, Julie la adelanta y queda en primer puesto.

Y algo se produce en su interior.  Un cambio grandioso que le hace darse cuenta de que, por fin, algo se le daba bien.  Y alguien corre detrás de ella para arrebatarle eso que de repente se ha convertido en “muy importante”.  Más de 2 km separan a las dos primeras corredoras, pero Julie casi podía sentir el aliento de Kathleen en su nuca…

Las cosas estaban cambiando.  Las buenas sensaciones físicas de las primeras pruebas estaban desapareciendo y su cuerpo empezaba a acusar las consecuencias de verse sometido a tan exigente prueba.  Llegarían los calambres y molestias estomacales.

**Faltan 400 m para cruzar la línea de meta.  Julie aún lidera la carrera.  Y es entonces cuando…  Mejor veámoslo en este vídeo…


Sus piernas sucumben.  Cae.  Piensa en levantarse, pero sus extremidades simplemente no responden.  Tendida en el suelo, se le ocurre que tal vez pueda ayudarse de los brazos para formar una especie de trípode que le ayuden a levantar unas piernas como de muerto.  Lo consigue; camina un poco.  La mujer en segunda posición está cada vez más cerca.  Puede sentirla.  Puede verla.  Kathleen adelanta a Julie.  “Ahí va… Me ha adelantado.  Me rindo.  A la mierda todo”.  

**A 10 m de la meta.  Una voz interior le dice:  “¡Arriba.  Camina!”.  Y Julie decide que, aunque sea arrastrándose, llegará a la meta.  Y así lo hace.  Centímetro a centímetro, la chica coqueta que tira el chocolate, llega a gatas, sucia de sus propios excrementos que no pudo contener, rodeada de cámaras.  Cruza la línea de meta...

Julie no ganó.  Quedó en segunda posición, oficialmente.  Pero todo un país pudo ver a la verdadera ganadora moral del Ironman de ese año.  (Obsérvese la cara de Kathleen McCartney en el vídeo, que no acaba de enterarse de que ha llegado primera hasta que no le cuelgan el collar de flores al cuello).

Ese día la vida de Julie Moss cambió para siempre.  Hizo un pacto consigo misma:  “No importa si duele, no importa si me ensucio, no me importa cómo esté:  acabaré”.  Según Julie, todos tenemos esa voz que a ella le habló:  es la voz de nuestro verdadero yo que nos dice que no existen los límites.


 



10 de septiembre de 2010

Tiene que salir de dentro

Siendo éste un blog joven, me gustaría dejar sentado desde sus inicios que ni tanto él ni como el resto de contenidos de AtalantasWeb tienen una intención proselitista.  
Tengo la convicción de que no se puede (ni debe) insistirle a nadie para que empiece a correr.  Por supuesto que me encantaría que las calles y caminos se llenaran de “colegas”, ¡sobre todo de mujeres!, pero soy consciente de que no es un deporte afín cualquier tipo de personalidad (aunque sí apto y recomendable para todas las personas).  Correr con regularidad requiere un mínimo de disciplina y de sacrificio que sólo compensan si existe un deseo genuino de hacerlo.  Si correr por placer ya cuesta algunas veces (sobre todo los primeros diez minutos), malo es hacerlo con poca disposición o por los motivos equivocados.
Hace algún tiempo, un corredor amateur que me contaba su rutina de entrenamiento, para al final añadir que “correr no le gustaba nada”.  Aun hoy sin palabras para describir mi asombro, quiero pensar que casos como este hay (porque de todo tiene que haber) uno en un millón.  ¡Y es que sobran deportes entre los que elegir el que más se adecúe a las circunstancias y carácter propios!
Disciplina y sacrificio:  el inicio del camino que nos llevará a disfrutar.  Ya sé que con esto no aliento a nadie que quiera iniciarse, pero no sé de otra forma…  Intentar animar a otros a correr puede ser un acto cargado de buenas intenciones, pero casi siempre inútil y desagradecido.  Sólo cabe esperar que todo lo bueno que nos aporta la carrera se note y sirva de incentivo a que otras personas se animen a probar. 

8 de septiembre de 2010

"De qué hablo cuando hablo de correr". De Haruki Murakami


El nombre de este libro no pasa desapercibido a ningún corredor.  Con la intuición de toparme ante una temática que me sería familiar pero también con la prevención de que se tratase de esos títulos caprichosos que no tienen nada que ver con el contenido, tomo un ejemplar...  ¡Una ojeada al azar por sus páginas centrales me convence de que debo continuar en casa con su lectura!
Lamento decir que no conocía a Haruki Murakami.  Me era desconocido tanto como autor de las novelas que le han dado tanto éxito internacional, como corredor aficionado (faceta que se toma muy en serio).  Por lo tanto, sin ningún prejuicio abordo la lectura de este diario escrito intermitentemente y de forma bastante relajada. 
Sólo nueve entradas fechadas tienen estas memorias del Murakami corredor. La idea de este libro nació diez años antes de comenzarlo y fue escrito finalmente entre el verano de 2005 y el otoño de 2006.  En él, Murakami plasma una serie de ideas principales relacionadas con el hecho de correr y en un segundo plano analiza cómo influyen y complementan al Murakami escritor.  Una lectura sólo para agente afín, supongo.  Me refiero a corredores varios, a admiradores incondicionales de este escritor o a quienes reúnan ambas características.
Siempre sin entrar en detalles demasiado íntimos (se agradece que sea el tipo de autor que no expone su vida a las masas ni pretende erigirse en ejemplo de nada), Murakami relata las circunstancias que forjaron su primera novela, sus comienzos como corredor, su primer maratón… hasta que las carreras de fondo llegaron a convertirse en parte de su ciclo vital.
Como si de una charla tranquila entre amigos se tratara (puesto que el autor se confiesa poco hábil en las relaciones sociales), se nota que disfruta cuando relata y contabiliza sus entrenamientos en Hawai, Tokio y Massachusetts, así como algunas de sus “hazañas” personales en maratones y competiciones de triatlón en distintos países. 
No es una narración con un alto sentido de lo lírico, no hay lecciones de filosofía, pocas metáforas y casi ninguna moraleja intencional.  El lenguaje utilizado es asombrosamente llano, aunque hay que tener en cuenta que fue escrito en japonés y que leemos, por ende, el trabajo del traductor.  Pero, insisto, las ideas son sencillas y fuertemente arraigadas a la realidad de su autor.  Y es por esto que sus páginas están llenas de sensaciones...  Es fácil reconocerse en las descripciones de descargas de adrenalina, calor, sudor, sed o frío; a veces dolor, rabia y descontento.  Además, en alguna época de su vida Murakami tuvo que hacerle frente al hastío de correr, afección no poco común en fondistas de larga trayectoria.  En fin, todo eso que uno siente cuando está corriendo, los mantras que nos repetimos cada vez que rebasamos un kilómetro, esas carreras que se ganan más con lo psicológico que con lo físico, el conocerse a sí mismo tan bien interiormente a pesar de que el cuerpo se niegue a responder…  Todo eso lo cuenta Murakami.  Y es así como se le lee:  reconociéndonos en cada página. 
En “De qué hablo cuando hablo de correr” los lectores tendrán delante al tipo de hombre que todo corredor lleva dentro.  Alguien que sufre, que lucha por superarse y a quien ilusiona correr.  Un hombre que, tras más de veinte años dedicados a las carreras de fondo, no puede menos que notar en sí mismo los efectos del paso del tiempo.  Para Murakami se trata de un hecho tan poco deseable como inexorable.   Pero la decadencia física solamente tendrá la importancia que cada uno quiera darle… 
El autor, en un desacostumbrado ejercicio, crea un libro en el que se tiene a sí mismo como protagonista, con la salvedad esta vez de que no puede alterar los resultados.  Lo que está escrito aquí no es ficción.  Pero tampoco somos títeres de la voluntad de un dios que escribe con su pluma el final de las carreras.  Nos queda un resquicio:  y es que, como corredores (Murakami lo descubrió escribiendo estas memorias), tenemos la opción de decir la última palabra.
Título original:  Hashiru koto ni tsuite kataru toki ni boku no kataru koto
Autor:  Haruki Murakami
Traducción del japonés:  Francisco Barberán
Editorial:  Tusquets Editores.  Colección Andanzas
5ª edición:  junio de 2010
ISBN:  978-84-8383-230-1
230 páginas + 8 páginas de fotografías en color
PVPaproximado 17€