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Usain Bolt y Haile Gebrlassie |
Llevo algún tiempo dándole vueltas a una idea cándida, infantil, si se quiere. ¿En qué tiempo acabarían
Usain Bolt un maratón y
Haile Gebrselassie un sprint de 100 m? Ambos son muy buenos, pero están ubicados cada uno en un extremo del atletismo. “Eso se ve a simple vista, no hay más que fijarse en su fisonomía”, me contestaría cualquiera de vosotras. Y sí: uno de ellos está
muy musculado y es físicamente imponente, mientras el otro es bastante
delgado y no muy alto. De un lado, la explosión; del otro, la ligereza. Pero lo que yo quiero saber no se ve en la tele; hace falta un microscopio…
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¿Somos todos iguales? |
Contradiciendo lo que siempre se ha dicho, ni
todos los hombres son iguales ni es tanto nuestro
libre albedrío. Mal que nos pese, no corremos como queremos, sino como podemos. Y en eso tienen que ver mucho nuestros
genes. En el mejor de los casos, a lo más que podemos aspirar sin hacer trampa, es a desarrollar al máximo nuestro potencial. El potencial viene determinado genéticamente y
explica la proporción en nuestros músculos de
fibras musculares de contracción lenta (tipo I o fibras rojas) y de
contracción rápida (tipo II o fibras blancas). Cada uno de estos grupos se subdividen a su vez en categorías más pequeñas.

El
entrenamiento puede transformar unas fibras de un subgrupo en otras, para que respondan de forma distinta a la velocidad, la fuerza o la fatiga,
siempre y cuando sean del mismo grupo principal (I o II). Así,
las fibras rojas no podrán convertirse en blancas ni viceversa. Las atalantas contamos con todos los tipos de fibras musculares, aunque en distinta proporción, según lo recibido de padres y abuelos.
Pero la ciencia avanza... Y quizá no esté muy lejos el día en que se pueda llegar a
alterar los genes que hemos recibido en herencia. Y, cómo no, el deporte se aprovecha de estos progresos. Por ejemplo, hace ya años que se hicieron experimentos en ratas inyectándoles
IGF-1 y
miostatina (ambas designan las hormonas y al gen que las codifica) para regular el
crecimiento muscular, obteniéndose en laboratorio
roedores visiblemente más musculados que sus compañeros no modificados. Los efectos en los humanos aún no han sido ampliamente estudiados, pero todo hace pensar que una manipulación de estos genes conduciría a resultados parecidos.
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Al ratoncillo de delante se le inyectó un gen modificado que lo hace más fuerte y grande que a su compañero de detrás. |

Asimismo, también es posible fabricar adorables
ratoncillos capaces de correr el doble de la distancia que se esperaba de ellos, sin acusar apenas cansancio. ¿Cómo? Modificando el gen
PPAR-Delta que determina el mecanismo de nutrición de las células de contracción lenta, consiguiendo que la fuente de combustible preferida sea los
lípidos antes que la glucosa.

Lo que no sea posible hoy no implica que no se pueda conseguir mañana. Aquí apenas hemos apuntado a un par de genes, pero debe de haber muchísimos más, determinantes en el rendimiento físico para un deportista. Lo que hoy se investiga para curar la hemofilia, diabetes, distrofia muscular, obesidad mórbida, entre otras enfermedades, otros lo utilizarán de forma fraudulenta, tratando de conseguir a cualquier precio “
el próximo récord”, indolentes de que se pierdan unas cuantas vidas en el camino.
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